Luces y sombras del Coronavirus, problemas y posibilidades que ofrece a la Sociedad.

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Por: Alejandra María Muñoz Rivera.

Es la primera vez, desde hace varias generaciones, que vivimos una pandemia causada por un virus con el actual nivel de gravedad. El coronavirus es un organismo invisible que contagia al azar y que amenaza con la enfermedad y la muerte masiva de personas de toda una sociedad, sin importar leyes ni fronteras.

Este “enemigo” biológico de la humanidad es más inteligente de lo que parece. Funciona como un gran organismo de inteligencia colectiva, en el cual la unidad viral actúa de manera autónoma para cumplir un objetivo común: esparcirse a un huésped, reproducirse en la célula que infecta y evitar ser eliminado por los anticuerpos del hospedero.

En detalle, la unidad viral es una cápsula de lipoproteínas que, básicamente, contiene ácido ribonucleico ‒ARN‒, con información estricta y necesaria para cumplir los objetivos del colectivo. Llevando esto a un escenario humano, las cápsulas equivaldrían a las personas que hacemos parte de la sociedad.

Lo anterior, visto desde las teorías conspirativas, nos lleva a pensar que un virus es un arma biológica perfecta para que un país o un grupo de países tomen ventaja económica sobre otros y se establezca un nuevo orden mundial.

En este sentido, en un mismo escenario estamos observando hoy la guerra de precios del petróleo entre Rusia y Arabia Saudita, que está generado el colapso del mercado de valores global; así mismo, estamos sumergidos en un ambiente de guerra comercial entre China y Estados Unidos, que se agrava diariamente por las acusaciones mutuas sobre el origen del virus y que, además, desencadenó en la carrera de estas dos potencias por el desarrollo de la vacuna contra el Covid-19. Al mismo tiempo y lo que es más grave aún, los 190 países infectados con el coronavirus (de los 195 que tiene el planeta) enfrentan luchas internas que han obligado a establecer cuarentenas forzosas, como medida de protección civil para custodiar la salud pública.

Esta crisis biológica global ha evidenciado la fragilidad alimentaria, económica y social que las personas del común enfrentamos, por la dependencia al macrosistema y a los macropoderes. En especial, ha quedado a la vista cómo los citadinos hemos confiado nuestro bienestar al buen funcionamiento del mercado, el cual parecía ser sólido y nunca derrumbarse; por ello vivimos y dependemos de un salario para comprarlo todo en tiendas y supermercados. Lógicamente, entonces, ante la necesidad de sobrevivir a esta pandemia, hemos optado como respuesta común por aprovisionarnos mediante la compra masiva de víveres.

Sin embargo, el escenario de incertidumbre económica y social apenas está comenzando. El consumo de las familias se ha reducido a lo esencial para aguardar el final de la cuarentena, y existen muchos temores por el desabastecimiento de víveres y las complicaciones económicas que podrían presentarse durante la crisis y poscrisis. Adicionalmente, si se desencadena una oleada masiva de desempleo, los citadinos globalizados e independientes seríamos los principales afectados, al no tener otras fuentes o medios para sobrevivir diferentes al salario.

El panorama parece no ser alentador. Sin embargo, esta situación conlleva demasiados aspectos positivos a rescatar como sociedad. Uno de los más valiosos que nos ha traído esta crisis viral ha sido la unión como sociedad alrededor de la causa común de erradicar el virus, el cual nos está mostrando que la conciencia colectiva con propósitos definidos es poderosa y permite cumplir objetivos comunes. La presencia masiva del virus nos está llevando a pensar y actuar más allá de las divisiones internas como país y está evidenciando la importancia de que nos organicemos como Estado para actuar en sociedad, siguiendo una misma dirección.

Así mismo, este momento cuestiona nuestra relación de dependencia con el macrosistema económico, que se materializa en el consumo cotidiano de productos provenientes de mega corporaciones. De ahí se deriva, como una medida de seguridad social y económica, la importancia de integrar y fortalecer los circuitos económicos locales y cerrados, y desarrollar prácticas ciudadanas de consumo consciente y responsable, que incluyen comprar productos hechos en Colombia. Así procuraremos que el dinero circule localmente, rigiéndonos por el principio del fortalecimiento de la industria, la economía y el comercio interno del país.

 

Estamos tomando conciencia, además, de la importancia de mantener viva nuestra relación con la tierra; de valorar nuestros productos, nuestra cultura, nuestra biodiversidad y a nuestros campesinos; y de realizar prácticas como la de cultivar una huerta casera o comunitaria para afrontar tiempos difíciles como estos.

Asociado a todo lo anterior, las relaciones humanas son nuestra fortaleza y nuestro valor primordial. En este sentido, los grupos, las familias y en general las microsociedades adquieren la más alta relevancia en momentos de crisis. Ahora mismo, la solidaridad, la reflexión compartida, el apoyo mutuo y la conciencia colectiva harán que, como sociedad, nos sincronicemos y nos movilicemos para cambiar modelos económicos y sociales, y considerar cómo prepararnos mejor para afrontar otras amenazas globales.

Nuestro apego a la vida y a la protección de la especie, nuestra necesidad inconsciente de explicarlo y resolverlo todo, y nuestro modelo mental de lucha evolutiva, con seguridad nos llevarán a una pronta resolución de la crisis del coronavirus. Y lo harán independientemente de si fue el resultado de alguna conspiración manipuladora o de la evolución natural de una especie inteligente de comportamiento colectivo, como lo es un virus.

Esta crisis tendrá, como toda crisis, una fase de respuesta o reacción (3 meses), una de recuperación (12 a 18 meses) y otra de reactivación (24 a 36 meses). Pero la forma en que la afrontemos dependerá de cómo asumamos cada una de estas fases y de qué tanto estemos dispuestos a cambiar con base en los aprendizajes adquiridos.

Esto nos debe llevar a elevar nuestro nivel de conciencia a un nivel más colectivo, a modificar nuestras conductas y hacerlas menos dependientes de posiciones y apegos derivados del consumismo, y a redefinir nuestro modelo económico, distanciándolo de grandes bloques, potencias y mega corporaciones. Es momento de abrir nuestra mente y espíritu a una evolución tendiente a una conciencia superior, tal vez al estilo de la Noosfera definida por Vladimir Vernadsky y Teilhard de Chardin.

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